jueves, 11 agosto 2022

Vuelve la pesadilla olvidada: ¿Estamos a tiempo de frenar la inflación?

La inflación, el aumento continuo y notable de los precios, se parece cada día más a la figura del demonio. Se trata de un mal que pervive en nuestra sociedad, pero que parece olvidado. “El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”. La perturbadora cita nos remite, inequívocamente, al formato cinematográfico, ya sea con Kevin Spacey, El Truco del Diablo, o Keanu Reeves, Constantine. Pero la frase original proviene del poeta francés del siglo XIX, Charles Baudelaire. Con la inflación ocurre algo parecido.

Así, en los últimos 50 años ningún ciudadano de occidente ha tenido que vivir preocupado realmente por ella. Al menos, no de forma traumática. Para los más jóvenes, incluso, el término en sí parece desnaturalizado. Todo un logro que se alcanzó gracias a desterrar a los políticos del reino de la política monetaria. De hecho, hace tiempo que la inflación dejó de ser una fuerza real capaz de impulsar o descartar unas u otras políticas.

Pero para todo parece que hay una primera vez. Los últimos datos de inflación en Estados Unidos empiezan a sugerir que si bien puede ser un fenómeno transitorio, como dicen, hay que afrontarlo actualmente porque es muy real. De hecho, las cifras de EE.UU. apuntan al crecimiento de los precios más altos en los últimos 30 años. Y, lo peor, es que está aumentado.

El principal responsable, dicen de nuevo, es el notable incremento del precio de los coches de segunda mano, por la falta de oferta. Aunque otros análisis, menos superficiales, detectan problemas más serios. Así, el nivel medio de inflación una vez se retiran todos esos elementos transitorios, también la energía, es del 3%. Una cifra cercana a la de 2008 y muy superior (hasta un 50%) a la recomendada.

LA INFLACIÓN EN EE.UU. ES LA MÁS ALTA EN 30 AÑOS

Obviamente hay más. Así, la llamada inflación subyacente de la Fed de Nueva York ha estado publicando cifras cercanas al 3% en los últimos meses, aunque todavía queda por ver la de junio que irremediablemente será mayor. En definitiva, que los datos de Estados Unidos reales, transitorios o no, ya desvelan una carrera algo desbocada de la inflación. Un hecho que ha llevado, entre otras razones, a que los planes de política económica del presidente, Joe Biden, hayan sido menores de los esperados.

En definitiva, en EE.UU. hay cierta preocupación por este crecimiento tan fuerte de la inflación. En Europa, sin embargo, la situación parece la contraria. No solo no hay miedo a un crecimiento de los precios, sino que se la espera con los brazos abiertos. Christine Lagarde, la presidenta del BCE, cambió su estrategia por primera vez en 18 años para transformar la formulación de su estabilidad de precios del “por debajo, pero cerca del 2%” al “2% simétrico a mediano plazo”.

¿Un cambio demasiado pequeño? A simple vista sí, en el largo plazo no. Hay que recordar que un año antes, la Reserva Federal de EE.UU. hizo un cambio similar cuando aceptó tolerar una inflación ligeramente superior al 2%, frente al límite fijado en el 2% que había sido inamovible durante muchos años. También era una transformación inapreciable, pero a día de hoy ha generado la inflación más alta en 30 años.

PARA EUROPA NO ES TARDE, PERO IRREMDIABLEMENTE PRONTO LO SERÁ

Ahora, la gran pregunta es sí estamos a tiempo de frenar ese crecimiento. Una cuestión para la que la respuesta es que no, por lo que la segunda en la lista es qué efectos puede tener. Y, en última instancia, como defendernos de ella. Las dudas sobre los efectos son muchas, pero principalmente ejercerá una presión pesimista sobre las Bolsas. De hecho, desde que Lagarde cámbiese la hoja del BCE los índices de toda Europa han caído en picado (ayudados por las nuevas y sorpresivas restricciones por Delta). Al Ibex se le espera ya en los 8.300 puntos, según cada vez más analistas.

hay una frase célebre y muy aclaratoria que dice que la inflación es el impuesto a los pobres

La inflación es una máquina de generar incertidumbre, pero también desigualdad. El aspecto más desconocido, pero terrible, del aumento de los precios. Así, este efecto genera una erosión continua en el valor de los activos monetarios de los ahorradores, que afecta más a aquellos que tienen menos posibilidades para invertir en activos refugios que protejan el valor. Al final, los más ricos tienen más posibilidades de colocar sus ahorros en productos más rentables, capaz de batir a la inflación, que las capas más pobres. Eso genera desigualdad y, en el largo plazo, una sociedad más pobre y dividida.

Lo anterior, se ejemplifica en la célebre frase de que la inflación es el impuesto a los pobres. Los mismos que hasta hoy han padecido con más fuerza la actual represión financiera, producido por los QE de los bancos centrales. Ese impulso dopado mantiene disparado los activos en Bolsa, mientras a los ahorradores más pobres (o con menos conocimientos) se les cobra por sus depósitos o por fondos bancarios con comisiones muy altas. Ahora, llega el efecto secundario más perverso: la inflación sobre los productos reales.

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