jueves, 09 diciembre 2021

El trabajo infantil crece por primera vez en dos décadas por el covid y la alta demanda de algodón y cacao

Las crisis traen consigo una cruel realidad: siempre dejan en peor lugar a los grupos más débiles. El último suceso en Afganistán tendrá unas repercusiones críticas en materia de derechos humanos. Pero será todavía más cruel para las mujeres. Con el covid-19 pasa algo parecido. Así, en materia sanitaria está siendo devastador con las regiones menos desarrolladas y será peor tras el desigual reparto de las vacunas. En el aspecto económico no va a ser distinto. El ruinoso efecto de la pandemia está recayendo sobre el eslabón más frágil entre los más pobres: los niños.

De hecho, el 2020 se convirtió en el primer año en el que ha crecido el número de niños trabajadores forzosos en las últimas dos décadas. Así, detrás del aumento está (todavía) el uso de los menores en regiones pobres de Sudamérica o Asia, pese a que han ido disminuyendo con el paso del tiempo, pero principalmente el crecimiento descontrolado en África, más exactamente, en la región subsahariana del continente donde se encuentra el mayor porcentaje de la población en pobreza extrema. De hecho, el 24% de los niños en el África subsahariana trabaja, cuatro veces más que en América Latina y el Caribe

El aumento se explica principalmente por el incremento total del número de personas en el África subsahariana que viven en esa situación de extrema pobreza, el principal factor determinante del trabajo infantil. Así, aunque el porcentaje de la población que vive por debajo del umbral de pobreza global, que el Banco Mundial establece en 1,90 dólares por día, ha caído del 56% al 40% desde 1990, al aumentar la población del continente aumentó, también lo hizo el número absoluto de africanos por debajo de esa línea. Esa situación también ha llevado a más niños a los campos de trabajo.

LOS CAMPOS DE ALGODÓN CONCENTRAN PARTE DEL TRABAJO INFANTIL

Ahora, el continente tiene más niños trabajadores que el resto del mundo combinado. Pero no solo influye el efecto de la pobreza extrema que, obviamente, ha disparado la llegada del covid-19, también intervienen otros elementos importantes. Así, la mano de obra infantil destaca tanto por ser barata como por las características apreciadas de sus ejecutores, con manos pequeñas y ágiles, a la hora de trabajar. Eso, por ejemplo, explica por qué la explotación infantil en minas es cada vez menor, se necesita más fuerza y el trabajo es más mecanizado, pero se mantiene en un nivel elevado en los campos de algodón.

En Uzbekistán los colegios cerraban para que profesores y alumnos recogieran algodón en jornadas maratonianas, que empezaban a las 6 de la mañana, en las que debían recoger hasta 100 kilogramos

Hace cerca de una década, países como Uzbekistán mostraban orgullosos el trabajo, casi forzoso, que se ejecutaba en sus campos de algodón. De hecho, era popular que los colegios cerraran durante un tiempo para que profesores y alumnos acudieran a recoger dicho cultivo en jornadas maratonianas, que empezaban a las 6 de la mañana, en las que debían recoger hasta 100 kilogramos. Por suerte, relatan algunos de los han crecido con ello en los últimos años no se fustigaba a aquellos que no llegaban a esa cifra, simplemente se les reprendía en público.

El cultivo del algodón cumple una tercera condición que le hace todavía proclive al trabajo infantil y, es que, la explotación en su mayoría corresponde a pequeñas granjas familiares. Así, según el Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible, de los más de 100 millones de agricultores que cultivan algodón en todo el mundo, alrededor de un 90% lo hace en menos de dos hectáreas de tierra. En otras palabras, desalienta la mecanización, mientras que depende de mano de obra barata.

EL AUGE DEL CHOCOLATE ESTÁ MUY LIGADO AL AUMENTO DE LA EXPLOTACIÓN INFANTIL

En el mundo todavía quedan 17 países en los que se utilizan menores para cultivar y recoger el algodón, según el Departamento de Trabajo de Estados Unidos. Aun así, la situación ha mejorado mucho con el paso de los años, como demuestra la propia Uzbekistán desde la muerte del expresidente del país Islan Karimov. Por desgracia, no se puede decir lo mismo del cultivo del cacao en África donde no solo no han decaído las prácticas, sino que han incorporado más y más niños. De hecho, es más que probable que detrás de ese aumento de menores forzados a trabajar en 2020 este el rastro del chocolate.

Sin ir más lejos, los confinamientos junto al estrés creado por la pandemia han disparado el consumo de chocolate. Hasta el punto, de que las principales firmas ligadas a este producto han sobrepasado máximos históricos en los últimos meses. La firma suiza Lindt, conocida por sus bombones, se ha disparado casi un 40% en el último año pulverizando todos los registros previos. Barry Callebaut, otra chocolatera de Suiza, se anota un 20% en los últimos 12 meses y también está en máximos. Por su parte, la americana Hershey también vive en máximos tras anotarse un 18% en dicho periodo.

Por último, incluso la más grande todas, Nestlé, lleva superando máximos históricos desde mayo. El amargo intercambio en tan dulce escalada es el efecto que está teniendo sobre el trabajo infantil en África subsahariana. Así, aunque las firmas juran y perjuran que los granos de cacao se siguen desde el origen hasta el final para eliminar la esclavitud infantil, en la práctica es muy difícil de lograrlo. De hecho, Carry Callebaut fue llevada ante los tribunales en estados Unidos por representantes de ocho ex niños trabajadores en plantaciones de cacao en Costa de Marfil.

EL CACAO ES EL CENTRO DE LA EXPLOTACIÓN INFANTIL EN ÁFRICA

El país es un conocido habitual de este tipo de prácticas. De hecho, en mayo, la policía de Costa de Marfil rescató a 68 niños que trabajaban en granjas de cacao, presuntamente desde la vecina Burkina Faso. Pero es un caso muy aislado. En la región se estima que trabajan cerca de 800.000 niños en las plantaciones de cacao, según los datos recopilados por distintas ONG. El problema con el cacao, como con el algodón, es que un número muy alto de cultivos pertenecen a pequeñas granjas en las que los padres prefieren ver trabajar a sus hijos que mandarle a la escuela para recibir una educación inadecuada.

Aun así, en las últimas dos décadas los acuerdos internacionales y los esfuerzos de las compañías han logrado disminuir el número de niños forzados a trabajar. Las políticas que han ayudado son algunas como que podrían ayudar a reducir el número de niños el protocolo Harkin-Engel, un acuerdo voluntario firmado por los productores de cacao, aunque no se están implementando con la rapidez y la eficacia suficientes. No se hizo antes y menos ahora con la llegada de la pandemia.

Al final, el covid-19 no solo ha traído más hambre y miseria, sino también el cierre de escuelas para prevenir los contagios. Todo ello ha empeorado la situación dramáticamente. Y el resultado es demoledor. En concreto, en la actualidad hay unos 160 millones de niños entre cinco y 17 años (uno de cada diez niños en el mundo) involucrados en el trabajo, se entiende como un trabajo que son demasiado jóvenes para realizar o que podría dañar su “salud, seguridad o moral”. Una cifra que la pandemia ha elevado en 8 millones, la primera subida en dos décadas. Lo peor de todo, es que la pandemia ni mucho menos ha terminado.

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